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jueves, 16 de septiembre de 2010

"Distrito quinto" de Julio Coll

En bastantes ocasiones quizás demasiadas ya, he dicho que el cine de cierta etapa en nuestro país tiene una dignidad increíble. Y que no se le otorga el reconocimiento que se merece, dedicándole mucho más a quien menos lo merece. Supongo que esto es culpa de la televisión nacional, el que nos deleiten de vez en cuando con buenas obras cinematográficas como sería “Distrito Quinto” (1958) y tantas otras, aunque sea en algún huequecito de madrugada.

El film nos cuenta la vida de sus personajes, que explicativo a que si, más bien las penurias y vicisitudes que tienen que pasar para poder sobrevivir. Personas que no quieren seguir los cánones que dicta la sociedad que les ha tocado vivir. Gente que toma el camino fácil del hurto y del timo para poder subsistir al menos una semana y cuando se acaba el parné, vuelta a empezar.

No hay que olvidar que la sociedad que nos describe Coll está viviendo bajo una fuerte dictadura, que tan solo permite progresar a través del esfuerzo y del trabajo. No existe un camino fácil y mucho menos que se halle fuera de la ley. Aun así ninguno se resigna a su suerte y pretenden entre todos preparar el golpe de su vida para poder dejar atrás un mundo de miseria y privaciones.

La estructura del film es muy teatral, en todo momento estamos ante planos muy generales que exigen lo mejor de los actores. Además se desarrolla prácticamente entera en interiores, lo que aun la hace más perteneciente al mundo de las tablas. Planos rebuscados que juegan con el contraluz, y otros con detalles del mismo decorado, esto permite decir bastante a favor de la profesionalidad de la utilización de la cámara.

Lo realmente importante de la película es la intensidad que el director nos pretende transmitir desde el primer momento de la realización. El mero hecho de ver corriendo a los protagonistas en el primer plano, ay nos pone en alerta. De verdad que aunque los diálogos no nos desvelan nada de forma directa lo que ha ocurrido, comprendemos desde el principio que se ha cometido un robo.

Como indicaba al principio la tensión se transmite bastante bien al espectador, desde el principio, pero algo no puede estar continuamente en dicho estado. Por eso hay momentos en los que el ritmo baja, al igual que la intensidad, quizás relajando demasiado todo. A través de continuos flash backs de los integrantes de la particular casa, conocemos sus propias vidas y sobre todo la de Juan (Alberto Closas), el eje en torno al cual gira todo.

La forma que tiene de evolucionar el film hasta llegar al final que llega me parece realmente magistral. Nos enfrentamos a una conclusión totalmente cerrada de la narración pero en ningún momento llegamos a este punto de manera forzada. El realizador ha sido capaz de guiarnos a través de cada historia particular componiendo un todo común que no podía ser de otra forma aunque el propio director lo hubiera pretendido.

TRONCHA

viernes, 17 de julio de 2009

"Un vaso de whisky" de Julio Coll

You can read this text translated into english at: Un vaso de whisky

La importancia del cine negro español se me antoja grande si la comparamos con la totalidad de la filmografía patria a lo largo de nuestra historia, cumple un papel bastante relevante entre la década de los años cincuenta y sesenta, probablemente sea uno de los más olvidados. Otros cines de género tienen muchos más seguidores como podría ser el de terror, sin embargo este "Spanish Noir" quedó recogido en uno de los últimos cajones y pocos, pero que muy pocos hemos sido capaces de atrevernos a abrirlo para disfrutar de pleno de obras llenas de seriedad y que en muchas ocasiones supusieron los comienzos de algunos que posteriormente se empeñaron en realizar papeles de poco calado y mayor vergüenza.

Pienso que por norma general no hay que hacer lo que muchos hacen defender o atara a ultranza al cine español tan solo porque este sea de dentro de nuestras fronteras. Tan injusta me parece tanto una como otra postura, sentido común por favor, lo que es malo o bueno no entiende de nacionalidades. Por tanto no se debe discriminar nada solamente sabiendo de su nacionalidad, veamos y hablemos y analicemos, pero sin ver, mejor es mantenerse al margen.

Convencido también estoy de que la labor social que hace este cine es fundamental, si solo miramos en la superficie podría llegar a equivocarnos, recordemos que los elementos que lo componen son amantes de la noche, amantes de lo ajeno sobre todo. No es que les agrade cumplir la ley sobremanera, alcohol, tabaco, en definitiva vicios y malas costumbres, hombres vividores como nuestro protagonista Victor (Arturo Fernández), que no dudan en echar mano del bolso de su pareja para abonar la cuenta del cabaret en cuestión.

Pero si nos adentramos en este tipo de cine y vemos su trasfondo nos damos cuenta que es mucho más aleccionador que otros, echenle la culpa a la censura o a los códigos morales de la época. Tanto en Estados Unidos, su lugar de origen, como en España, el cine negro en general, castiga a quien la hace, o sea que termina pagándola. Mostrándonos que ante la vida el camino que vale es de la honradez y el de la honestidad, la ley está por encima de las personas y su brazo fuerte son las fuerzas de seguridad del estado, por cierto no muy presentes en este ejemplo.

La moralina inicial con al comienza el film no deja de ser curiosa, supone una especie de explicación del efecto dominó que puede acaecer en la vida de las personas cuando comenten ciertos actos y estos influyen en el resto de la humanidad. Quizás una pretensión un poco altanera del realizador Julio Coll, pero que no deja de ser plausible y por supuesto acaba estructurando su trabajo en base a esto, creando una serie de subtramas que acabarán confluyendo en una única, para demostrarnos lo veraz de su teoría.

La dignidad se mantiene de principio a fin de la película, aunque sea uno de los ejemplos en los que estemos más alejados del género policíaco, ya que la presencia de este cuerpo casi es testimonial, si que se crea una atmósfera propia de cine negro. Desarrollando la acción de noche, en cabarets, toca incluso de refilón el mundo del boxeo, algo típico en este tipo de trabajos, la ciudad es la ue asfixia a los personajes y la que los hace peores, realizando cierto contraste con la naturaleza de la que también tenemos cierto reflejo.

Definitivamente desde aquí defiendo, una vez más y ya van unas cuantas, este tipo de cine, aquí tenemos ante nosotros a un vividor que se aprovecha de su apolínea figura para vivir de las mujeres, los amigos no están cuando se les necesita porque realmente no eres amigo de nadie. Solo vale lo material, los sentimientos acaban machacados frente al resto de las cosas, planteándonos quizás quien es más culpable el que engaña o el que se deja engañar aun a sabiendas de ello, prueben entrar en este apasionante mundo ya verán como hay más de lo que puede parecer en un principio.


TRONCHA

lunes, 11 de mayo de 2009

"La cuarta ventana" de Julio Coll

El hecho de haber visto esta película es que me habían indicado que formaba parte de lo que se vino a llamar la época del cine negro o en su extensión del policíaco español que se hizo durante la dictadura franquista, esta podría decirse que toca o más bien roza el policíaco, porque comienza siendo una cosa y acaba siendo otra totalmente distinta, que para nada se parece a lo que parecían las pretensiones iniciales.

De repente nos vemos de lleno en una pelea de un tugurio, hasta las doñas reparten mamporros a diestro y siniestro, gente de la noche, de mala vida entre comillas, o así era como les veía el resto de la sociedad, lo que ocurre es que hacían cosas a horas que el resto estaba en la cama porque debía trabajar a la madrugada siguiente, curioso pero así era en aquella época, de repente un supuesto bote de crema facial acaba rodando por el suelo, lo recoge un policía y en la redada detienen a varios, entre ellas a nuestras tres protagonistas.

Lo que me dejó boquiabierto es que el famoso tarro contenía cocaina, de repente mi imaginación se disparó y dije un tema de drogas en aquella época, fascinante, dispóngamonos a verlo, pero ahí se esfumó todo, nunca más se supo de la droga y si de la historia personal de las tres pobres infelices que acabaran dando forma a la historia, Dora García (Emma Penella), Luisa Pau (Elisa Montés) y Linda Barcala (Terele Pávez), tres pobres chicas que solo desean ser normales aunque dicha normalidad pretendan encontrarla en los lugares y a las horas equivocadas.

Julio Coll, recluta a las tres que son hermanas en la vida real para contarnos este folletín que es en lo que se acaba convirtiendo la historia al final del todo, porque nuestras "heroínas" cotidianas se dedican a conseguir que una pobre inocente que se ha venido del pueblo (Puebla de Sanabria, Zamora) para encontrarse con un bohemio Carlos (Leo Anchóriz) que por supuesto va a intentar aprovecharse de ella como ya lo ha hecho de tantas otras, al fin y al cabo es un vividor y como tal actúa.

Lo sorprendente del film es que cada vez nos vamos adentrando mucho más en un mundo donde las que dominan son las féminas y en las que se les da cierta razón a la hora de decir que los hombres somos todos iguales, iguales de aprovechados, de impresentables, de desconsiderados, etc con las mujeres que no merecen la pena, esta idea es la que me extraña que se le escapara a la censura machista de aquel momento y dejara "viva" la historia, aunque me decido a pensar que lo que la salvo de la quema en este aspecto es el final, que por supuesto de mis palabras no van a conocer y deberán ver ustedes con sus propios ojos.


TRONCHA